miércoles, 23 de octubre de 2013
La piel del color
sábado, 5 de octubre de 2013
La inefable experiencia de hacer la compra un viernes por la tarde
martes, 1 de octubre de 2013
La feria abandonada, de Pablo auladell
Textos de Pablo Auladell, Rafa Burgos y Julián López Medina.
Ilustraciones de Pablo Auladell
BARBARA FIORE EDITORA

Comparto con Rilke la idea de que "la verdadera patria del hombre es la infancia”, de la que el paso inexorable del tiempo nos exilia, y nos pasamos la vida tratando de volver a ella y que, según Bataille, sería la literatura la recuperación de la misma.Los textos de Pablo Auladell, Rafa Burgos y Julián López Medina, que aparecen en La feria abandonada, álbum ilustrado por el primero de ellos y recientemente publicado por Barbara Fiore Editora, serían un ejemplo evidente. Y en este caso, se trataría de una recuperación, a la vista de sus imágenes literarias, cargadas de melancolía —quizá sea éste un sentimiento demasiado dulce para adjetivar sus relatos— o, aún más, de añoranza. Pues la primera de las instancias sería, en definitiva, la añoranza de lo que nunca fue, y en este caso, tenemos severos indicios de que lo que se cuenta, fue, aunque no fuera de idéntico modo al que se describe.
Por otro lado, el usuario de esta forma hibrida de relatos breves, en su presente edición, no tiene acceso a ellos sin la presencia abrumadora de las impresionantes y bellísmas imágenes que los acompañan que, si cabe, acentúan más esta sensación.

No vamos a nombrar las evidentes referencias plásticas que contienen estas delicadas y rotundas imágenes, quizá sólo añadir, por proximidad a ellas, que, en esta galería de frágiles personajes no estaría fuera de lugar ese cuadro al que se refiere Alberti, cuando dice: “Y la tristeza más tristeza,/ una mujer que plancha/ doblada la cabeza, azulada”.
sábado, 21 de septiembre de 2013
CON QUE FUERA SOLO EL CASTELLANO…
miércoles, 27 de junio de 2012
Propuesta de cambio de MARCA
A la vista del panorama nacional y de que esto parece que no mejora, para estar a la altura de los acontecimientos, propongo un cambio temporal de la "marca" ESPAÑA. Se me ocurren dos alternativas: la primera, y con perdón de los José, CASA PEPE. Y para que nadie se ofenda, la otra sería LA FONDA DEL SOPAPO.
Ambas, en su espíritu, pretenden reflejar los distintos escenarios de este país, a día de hoy, y la atmósfera que los caracteriza. Entre ellos, a mi juicio, los más llamativos:
• La catadura moral del impasible presidente del Consejo General del Poder Judicial.
• La impunidad de todos los cargos relacionados con la fusión de las diferentes cajas de ahorros, que condujeron a la creación de Bankia, y presuntos responsables del expolio de sus fondos.
• La desfachatez de los cargos electos, imputados en delitos de corrupción, que permanecen en los mismos, con los mismos trajes y la misma anquilosada sonrisa.
• La complicidad de un gobierno que cuando no calla, miente.
• La complicidad silenciosa de una oposición ensimismada en sus peleas particulares.
• El incomprensible silencio de los intelectuales ante la degradación moral de los responsables políticos, de los banqueros y de la judicatura.
• La indiferencia de una sociedad anestesiada por los vertidos tóxicos y las mentiras de muchos de los medios de comunicación, que mira impasible la destrucción de nuestro sistema público de salud y destruye la escuela pública en beneficio de una enseñanza privada religiosa y hasta integrista.
No creo que todos nos merezcamos el gobierno que tenemos y los gestores que cada día, con mayor desvergüenza e impunidad, viven a costa de la mayoría de nosotros.
Quizá la mayoría de los ciudadanos —¿debería decir ciudadanos o súbditos?— tenga bastante con los partidos de la Roja.
No sé si aún tiene vigencia aquello que decía el poeta de que: En España, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. A veces, lo parece.
domingo, 17 de junio de 2012
Bradbury sigue entre nosotros
Hoy, todos los que quedamos en algún momento fascinados por la bellaza de sus textos, nos sentimos un poco huérfanos. El periódico del otro día decía que Marte estaba de luto, que Ray Bradbury había muerto. Quizá le suceda lo mismo que a Julio Cortázar, que ahora es Alguien que anda por ahí.
No lo sabemos, nunca lo sabremos, como le dijo una piedra a la otra tras el relato del pájaro en el cuento de Arnold Lobel.
Anoche, pude verlo por el telescopio, Marte estaba un poco más oscuro. Quizá, en ese momento, según dicen los noticiarios, se estaba produciendo la conjunción de planetas tan poco frecuente, tan extraña, y que todos los telescopios esperaban y filmaron.
Mientras, en algún lugar del bosque, mientras la nieve cuaja sobre los raíles abandonados del ferrocarril y sobre la vieja lona de esa humilde tienda de campaña, un nieto aprende el libro que su abuelo le recita, ya próximo a morir, en la ciudad de los hombres libros. Esa ciudad, que nadie sabe a ciencia cierta si existe, ni dónde se encuentra, pero en la que, parece ser, las personas que en ella viven cambiaron su nombre verdadero por el título del libro que memorizaron.
En la distopía de Bradbury, el bombero Montag, llevado por la curiosidad de qué encerrarán esos objetos que quema y que se llaman libros, esconde en su uniforme y luego lee en la noche mientras su mujer duerme El Eclesiastés. En la versión cinematográfica de la novela Fahrenheit 451, el bombero de Francois Truffaut lee Las aventuras de David Copperfield, de Charles Dickens.
Los libros son la memoria de los hombres; encierran el pensamiento, los descubrimientos, los hallazgos y los sueños de la humanidad. Todos los lectores hemos contraído sin darnos cuenta un pacto de honor y un compromiso moral con la literatura. Todos, en el ejercicio diario de leer, actualizamos ese pacto y vindicamos, con esa práctica, el valor supremo de la palabra.
No corren buenos tiempos para la cultura. Los poderosos nos prefieren estúpidos, sumisos votantes y voraces consumidores. Si pudieran, se comportarían como los gobernantes de la sociedad en la que vive Montag, pero siempre habrá hombres y mujeres dispuestos, como ese anciano, que recita con una pasión que su cuerpo ya ha perdido, a legar a otro ser humano las palabras que conforman un libro.
Si yo tuviera que aprenderme uno, guardaría en mi memoria La familia animal, de Randall Jarrell, uno de los pocos cuentos que escribió este poeta norteamericano, en el que encontré unos personajes que, como ningún otro, escenificaban lo que es el amor y la ternura.
¿Y tú, qué libro memorizarías?
NOTA: en este enlace puedes encontrar la película completa en versión original.
Quizá los niños lo sepan sin saber que lo saben
Sí, anoche, cuando Max bajó de su habitación, la sopa se había quedado fría. Ni su mamá aún sabía porqué había sucedido; se quedó sorprendida, y no supo darle razón de ello.
Jenny, salió fuera de la carpa —el circo de Mamá Oca había desplegado todos sus carromatos en una pradera a las afueras de la pequeña ciudad— y miró al cielo; aún llevaba en una de sus patas delanteras el cepillo de dientes. Observó con detenimiento la oscura esfera celeste. Aunque solo sabe contar hasta diez, sintió que una estrella faltaba.
Rosie decidió, sin saber porqué, poner música aquella tarde a la obra de teatro que todos los días representa para sus amigos en la azotea de su casa. Llevó hasta un extremo de la destartalada terraza, todo lo que alcanzaba el alargador, el viejo tocadiscos de su papá, posó sobre le negro vinilo el brazo del pic-up, y una música de iglesia —así la llamó ella— salió por el descosido altavoz, que es a su vez la tapa del equipo. Era el Ave María de Schubert.
Quizá, la melodía alcanzaron a oírla otros personajes, de otros cuentos, en otras latitudes. No lo sabremos, nunca lo sabremos. Pero nosotros sí, quizá no en el mismo instante, quizá sin conciencia de ello, pero todos sentimos, cada uno a nuestra manera, que una leve sombra se proyectaba sobre nuestra memoria.
Y una estrella más se encendía en el cielo de nuestro corazón.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Significados y significantes
Llevo varios días inmerso en la revisión de las notas a la traducción, que un amigo editor me ha pedido que le haga sobre la próxima publicación en castellano del Kalevala, el poema épico finés, que verá la luz a finales de noviembre. Cuando me lo pidió como favor y yo ingenuamente acepté, no sabía dónde me estaba metiendo.
Bien, el caso es que llevaba más de dos semanas peleándome con las fuentes folclóricas finlandesas —mi amigo se empeña en que son finlandesas no finesas—, y su conceptualización metafísica, cuando llamaron a la puerta a horas intempestivas —las diez y media de la noche, momentos en los que ya suelo estar acostado, leyendo al borde del sueño— y de manera insistente.
Abrí la puerta con cierto temor. A quien menos me podía imaginar se abalanzó sobre mí: Yolanda, la hija de mi vecina, con la mirada desencajada y un recorte de periódico en la mano.
—Don Manuel, mira lo que he encontrado en un periódico, esta mañana en la peluquería.
—¿Pero en la peluquería hay periódicos? —le pregunté perplejo, mientras la dejaba pasar al recibidor.
—Sí, uno de esos de gratis, que reparten en la parada del autobús.
Desplegó el arrugado papel y comenzó a leer:
—Los organizadores del concurso de Miss Italia han extremado sus medidas de selección en busca de un modelo de mujer sin artificios ni camuflajes. Por esa razón vetan a las chicas que hayan pasado por el cirujano plástico, usen extensiones en el pelo o lentes de contacto de colores. También se apuesta por la talla 40. Pero ahí no acaba todo, se exige que las aspirantes lean por lo menos un periódico al día para estar informadas y al menos tres libros al año. Concretamente se sugieren clásicos de la talla de Madame Bovary, de Flaubert; Anna Karenina, de León Tolstói, y Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Tampoco se acepta el exhibicionismo: un desnudo en internet de una de las aspirantes le ha costado su descalificación. El concurso se iniciará el 19 de septiembre. La organización española, piensa asumir un procedimiento similar.
A continuación me mostró el artículo que venía acompañado de la foto de la última ganadora, una señorita llamada Francesca Testasecca.
Tal reseña hacía referencia a El Periódico.com, de ahí que le diera visos de veracidad a tal información.
—¿Y ahora qué hago yo, don Manuel? Pensaba presentarme a Miss Madrid, mi madre está convencida de que gano, y yo también, y de ahí saltar a Miss España.
—Pero, vamos a ver, Yolanda: tú eres menor de edad, todavía te faltan dos años para poder competir, digo yo, en ese concurso…
—Sí, lo sé —me interrumpió—, pero si ahora piden esto, igual cuando yo me presente hasta te piden El Quijote.
—Bueno, pues tranquilízate…
—No, don Manuel. Mi madre me ha dicho que me pongas ya la lista de todo lo que debo leerme, y…
En este caso fui yo quien la interrumpió:
—Yolanda, te has fijado que la noticia dice también que no se aceptarán señoritas que hayan pasado por el cirujano plástico.
Menos mal que el texto periodístico me ofrecía una forma suave de referirme al pecho de la hija de mi vecina.
—Anda, mi madre. La hemos cagao.
Salió cabizbaja sin siquiera decirme adiós.
Aunque no se lo crean, yo la entendí.
Me quedé con el recorte de periódico en las manos, volví a leer el apellido de Miss Italia: Testasecca.
"¿Será una broma?, ¿significará realmente lo que yo imagino?" pensé.
En ese momento decidí que, al día siguiente, antes de sumergirme en el Kalevala, escribiría un correo a mi amiga Simona, traductora de la universidad de Florencia, para que me sacara de dudas.
jueves, 1 de septiembre de 2011
En la ciudad blanca
En cuanto se abandonan los itinerarios marcados en las guías de turismo, al igual que sucede en Venecia, uno se sumerge en un espacio de silencio, construido por arquitecturas en las que se evidencia el paso del tiempo y un antiguo prestigio urbano, que hoy es casi una reivindicación de lo humilde.
Las sombras, en la penumbra de esas calles, pierden la densidad de las aristas que las propician, para desdibujarse sobre unos mínimos adoquines que brillan desgastados por el sedimento del tiempo o por la luz de la luna.











