martes, 1 de octubre de 2013

La feria abandonada, de Pablo auladell


La feria abandonada
Textos de Pablo Auladell, Rafa Burgos y Julián López Medina.
Ilustraciones de Pablo Auladell
BARBARA FIORE EDITORA


Comparto con Rilke la idea de que "la verdadera patria del hombre es la infancia”, de la que el paso inexorable del tiempo nos exilia, y nos pasamos la vida tratando de volver a ella y que, según Bataille, sería la literatura la recuperación de la misma.Los textos de Pablo Auladell, Rafa Burgos y Julián López Medina, que aparecen en La feria abandonada, álbum ilustrado por el primero de ellos y recientemente publicado por Barbara Fiore Editora, serían un ejemplo evidente. Y en este caso, se trataría de una recuperación, a la vista de sus imágenes literarias, cargadas de melancolía —quizá sea éste un sentimiento demasiado dulce para adjetivar sus relatos— o, aún más, de añoranza. Pues la primera de las instancias sería, en definitiva, la añoranza de lo que nunca fue, y en este caso, tenemos severos indicios de que lo que se cuenta, fue, aunque no fuera de idéntico modo al que se describe.

Por otro lado, el usuario de esta forma hibrida de relatos breves, en su presente edición, no tiene acceso a ellos sin la presencia abrumadora de las impresionantes y bellísmas imágenes que los acompañan que, si cabe, acentúan más esta sensación.
Pero vayamos por partes.
La feria abandonada, desde mi punto de vista, es un libro excepcional, de esos que sólo muy de vez en cuando aparecen en el saturado mercado editorial de ese género, cada vez más explorado, del álbum ilustrado.Ya, su inquietante cubierta, de una impecabe composición tipográfica y con una ilustración de una belleza clásica, nos dice que no estamos ante un libro más. Después, las guardas son una lección minimalista de una estética austera y premeditadamente envejecida. El corpus de la obra alterna los textos de los tres escritores, siempre en página par, enfrentados a las sobrias y enigmáticas ilustraciones de Auladell que en tres ocasiones, cada ocho páginas, desplazan al texto y ocupan toda la superficie del libro.
Es, a mi jucio, especialmente en la adjetivación y en las imágenes poéticas, sobre todo las de Pablo y Rafa, donde se encuentra el logro de la ambientación de esas hilachas de recuerdos, que dialogan con unas ilustraciones de análogas características.Es evidente que, a pesar de tratarse de un libro con un texto literario de una importante densidad en las palabras, las ilustraciones son el elemento fundamental de la obra. Unas ilustraciones de una belleza serena, pero inquietante; austera pero rica en matices; sencilla y por ello nada simple.
Auladell, ya en su libro, creo, anterior, Alas y olas, sobre texto de Pablo Albo, parecía que iba a ingresar definitivamente en un clasicismo incontestable, pero, no sé porqué rara habilidad, se mantiene en un cierto arcaismo, noble y, me atrevería a decir, premeditadamente imperfecto, algo meritorio y difícil de conseguir.
Dice Gustavo Martín Garzo que "la pobreza es la hermana pobre de la tristeza". Así es, desde mi punto de vista, y aquí, los personajes hacen una vindicación de la dignidad de la misma, algo, a mi juicio, moralmente valioso en estos tiempos en los que los ricos se visten fróvilamente con apariencia de pobres, y los pobres tratan de enmascarar su condición por vergüenza de ella.Los personajes de La feria abandonada "posan", sin mirar a ningún lado, en un ensimismamiento que les distancia del observador. Casi tememos, al comtemplarlos, que vayamos a perturbar sus recuerdos, sus ensoñaciones.


No vamos a nombrar las evidentes referencias plásticas que contienen estas delicadas y rotundas imágenes, quizá sólo añadir, por proximidad a ellas,  que, en esta galería de frágiles personajes no estaría fuera de lugar ese cuadro al que se refiere Alberti, cuando dice: “Y la tristeza más tristeza,/ una mujer que plancha/ doblada la cabeza, azulada”.
Y un mínimo y prudente comentario sobre las ilustraciones: no entiendo 
esa excesiva inconsistencia de las pequeñas alas en algunos personajes. Si existen, ¿porqué parecen no querer estar presentes?
Gracias al editor por anotar al final de la obra las características tipográficas y los tipos de papeles empleados. Una pena que el libro no esté impreso en España.
Antonio Ventura



sábado, 21 de septiembre de 2013

CON QUE FUERA SOLO EL CASTELLANO…


Pertenezco a una generación en la que el segundo idioma que no se aprendía en la escuela pública era el francés. El primero era el español. Al salir del colegio, tratábamos de solventar estas carencias: la segunda, aunque solo fuera para entender El último tango en París cuando viajábamos a Perpignan; y la primera, con intención de comprendernos a nosotros mismos y al mundo.  
Pasaron aquellos tiempos, y con ellos los bachilleratos, y llegó la EGB y la ESO, y las competencias idiomáticas no mejoraron, aunque esta circunstancia nada añade a lo que quiero comentar, pues Ana Botella cursó sus estudios de primaria y secundaria en el colegio religioso de las Madres Irlandesas, y, digo yo que, aún siendo de mi generación, seguro que en tal colegio, ya por entonces se aprendería también inglés. ¿O tampoco?
Desde nuestra bochornosa presentación de la candidatura de Madrid 2020, he leído muchos comentarios y he visto muchos reportajes sobre tal suceso, la mayoría de ellos en un registro humorístico y, quizá, a estas alturas, ya esté todo dicho, pero como señalaba Andrè Gide: Todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a repetirlo.
Mi actitud hacia un Madrid olímpico se movía en el territorio del amor/odio. Por un lado, deseaba la concesión de los Juegos —según algunos medios nacionales, prácticamente lograda los días previos a la ceremonia—, especialmente por lo que podía suponer de mantenimiento de puestos de trabajo en empresas que ya habían amenazado a sus trabajadores con esta eventualidad, algunas de ellas públicas.
Por otro, me indignaba que las tres administraciones —estatal, autonómica y municipal— y la institución —la Corona— implicadas en la organización de las Olimpiadas, no fueran ninguna de ellas merecedoras de dicha designación. Las tres primeras por sus implicaciones, por todos conocidas, en temas de corrupción, y por las mentiras sucesivas y manifiestas con las que han pretendido y pretenden no solo engañarnos, sino considerarnos tontos. Y la Corona, pues, aunque el dinero que el ciudadano Borbón ha prestado a su hija para la compra de su casa haya sido ganado de forma legal —una cosa es la legalidad y otra la ética—, desde mi punto de vista, es completamente inmoral y obsceno que alguien viva en una casa que vale lo que cuesta el Palacio de Pedralbes.
Considero que nadie que tenga más de un millón de euros hoy en día, ya no digo que habite una casa que lo valga, es una persona honrada.
Salvo contadas excepciones: el premio en un juego de azar, ser un deportista de élite, un artista mundialmente famoso…, si alguien dispone de cantidades similares, o las ha conseguido explotando a otras personas, o las ha heredado de otro que antes las explotó.
La postmodernidad, el capitalismo y sus correspondientes usos y costumbres nos ha hecho ver como normal y honesto algo que no lo es.
Esto a veces se evidencia cuando, por ejemplo, un incendio o un terremoto pone de manifiesto las condiciones laborales esclavistas de miles de ciudadanos explotados por multinacionales de la ropa, sea esta deportiva o no, de la decoración o de diversas tecnologías. Pero no pasa nada. Dos días después, otro suceso, igual de inmoral, hace que olvidemos el anterior.
Así, no es de extrañar que, a día de hoy, solo recordemos, no sin indignación, las parodias de la alcaldesa de Madrid, la mejor de todas ellas, ella misma. Alguien dijo que tenemos los políticos que nos merecemos. Yo me rebelo ante ello. Quizá, de ahí estas palabras. Y no es ya un problema de ideología —los simpatizantes del PP pensaran que voto al PSOE—, pues es imposible discrepar de estos políticos —los que ocupan el poder y los de la oposición—  cuyas palabras son un insulto a la inteligencia. Ya no les pedimos que hablen inglés, ni siquiera francés, con que hablaran solo un español correcto y sincero nos conformaríamos.

miércoles, 27 de junio de 2012

Propuesta de cambio de MARCA

A la vista del panorama nacional y de que esto parece que no mejora, para estar a la altura de los acontecimientos, propongo un cambio temporal de la "marca" ESPAÑA. Se me ocurren dos alternativas: la primera, y con perdón de los José, CASA PEPE. Y para que nadie se ofenda, la otra sería LA FONDA DEL SOPAPO.

Ambas, en su espíritu, pretenden reflejar los distintos escenarios de este país, a día de hoy, y la atmósfera que los caracteriza. Entre ellos, a mi juicio, los más llamativos:

• La catadura moral del impasible presidente del Consejo General del Poder Judicial.

• La impunidad de todos los cargos relacionados con la fusión de las diferentes cajas de ahorros, que condujeron a la creación de Bankia, y presuntos responsables del expolio de sus fondos.

• La desfachatez de los cargos electos, imputados en delitos de corrupción, que permanecen en los mismos, con los mismos trajes y la misma anquilosada sonrisa.

• La complicidad de un gobierno que cuando no calla, miente.

• La complicidad silenciosa de una oposición ensimismada en sus peleas particulares.

• El incomprensible silencio de los intelectuales ante la degradación moral de los responsables políticos, de los banqueros y de la  judicatura.

• La indiferencia de una sociedad anestesiada por los vertidos tóxicos y las mentiras de muchos de los medios de comunicación, que mira impasible la destrucción de nuestro sistema público de salud y destruye la escuela pública en beneficio de una enseñanza privada religiosa y hasta integrista.

No creo que todos nos merezcamos el gobierno que tenemos y los gestores que cada día, con mayor desvergüenza e impunidad, viven a costa de la mayoría de nosotros.

Quizá la mayoría de los ciudadanos —¿debería decir ciudadanos o súbditos?— tenga bastante con los partidos de la Roja.

No sé si aún tiene vigencia aquello que decía el poeta de que: En España, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. A veces, lo parece.

domingo, 17 de junio de 2012

Bradbury sigue entre nosotros


Hoy, todos los que quedamos en algún momento fascinados por la bellaza de sus textos, nos sentimos un poco huérfanos. El periódico del otro día decía que Marte estaba de luto, que Ray Bradbury había muerto. Quizá le suceda lo mismo que a Julio Cortázar, que ahora es Alguien que anda por ahí.
No lo sabemos, nunca lo sabremos, como le dijo una piedra a la otra tras el relato del pájaro en el cuento de Arnold Lobel.
Anoche, pude verlo por el telescopio, Marte estaba un poco más oscuro. Quizá, en ese momento, según dicen los noticiarios, se estaba produciendo la conjunción de planetas tan poco frecuente, tan extraña, y que todos los telescopios esperaban y filmaron.
Mientras, en algún lugar del bosque, mientras la nieve cuaja sobre los raíles abandonados del ferrocarril y sobre la vieja lona de esa humilde tienda de campaña, un nieto aprende el libro que su abuelo le recita, ya próximo a morir, en la ciudad de los hombres libros. Esa ciudad, que nadie sabe a ciencia cierta si existe, ni dónde se encuentra, pero en la que, parece ser, las personas que en ella viven cambiaron su nombre verdadero por el título del libro que memorizaron.
En la distopía de Bradbury, el bombero Montag, llevado por la curiosidad de qué encerrarán esos objetos que quema y que se llaman libros, esconde en su uniforme y luego lee en la noche mientras su mujer duerme El Eclesiastés. En la versión cinematográfica de la novela Fahrenheit 451, el bombero de Francois Truffaut lee Las aventuras de David Copperfield, de Charles Dickens.
Los libros son la memoria de los hombres; encierran el pensamiento, los descubrimientos, los hallazgos y los sueños de la humanidad. Todos los lectores hemos contraído sin darnos cuenta un pacto de honor y un compromiso moral con la literatura. Todos, en el ejercicio diario de leer, actualizamos ese pacto y vindicamos, con esa práctica, el valor supremo de la palabra.
No corren buenos tiempos para la cultura. Los poderosos nos prefieren estúpidos, sumisos votantes y voraces consumidores. Si pudieran, se comportarían como los gobernantes de la sociedad en la que vive Montag, pero siempre habrá hombres y mujeres dispuestos, como ese anciano, que recita con una pasión que su cuerpo ya ha perdido, a legar a otro ser humano las palabras que conforman un libro.
Si yo tuviera que aprenderme uno, guardaría en mi memoria La familia animal, de Randall Jarrell, uno de los pocos cuentos que escribió este poeta norteamericano, en el que encontré unos personajes que, como ningún otro, escenificaban lo que es el amor y la ternura.
¿Y tú, qué libro memorizarías?

NOTA: en este enlace puedes encontrar la película completa en versión original.

Quizá los niños lo sepan sin saber que lo saben

EL MONSTRUO ESTÁ TRISTE


Sí, anoche, cuando Max bajó de su habitación, la sopa se había quedado fría. Ni su mamá aún sabía porqué había sucedido; se quedó sorprendida, y no supo darle razón de ello.
Jenny, salió fuera de la carpa —el circo de Mamá Oca había desplegado todos sus carromatos en una pradera a las afueras de la pequeña ciudad— y miró al cielo; aún llevaba en una de sus patas delanteras el cepillo de dientes. Observó con detenimiento la oscura esfera celeste. Aunque solo sabe contar hasta diez, sintió que una estrella faltaba.
Rosie decidió, sin saber porqué, poner música aquella tarde a la obra de teatro que todos los días representa para sus amigos en la azotea de su casa. Llevó hasta un extremo de la destartalada terraza, todo lo que alcanzaba el alargador, el viejo tocadiscos de su papá, posó sobre le negro vinilo el brazo del pic-up, y una música de iglesia —así la llamó ella— salió por el descosido altavoz, que es a su vez la tapa del equipo. Era el Ave María de Schubert.
Quizá, la melodía alcanzaron a oírla otros personajes, de otros cuentos, en otras latitudes. No lo sabremos, nunca lo sabremos. Pero nosotros sí, quizá no en el mismo instante, quizá sin conciencia de ello, pero todos sentimos, cada uno a nuestra manera, que una leve sombra se proyectaba sobre nuestra memoria.
Y una estrella más se encendía en el cielo de nuestro corazón.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Significados y significantes

Llevo varios días inmerso en la revisión de las notas a la traducción, que un amigo editor me ha pedido que le haga sobre la próxima publicación en castellano del Kalevala, el poema épico finés, que verá la luz a finales de noviembre. Cuando me lo pidió como favor y yo ingenuamente acepté, no sabía dónde me estaba metiendo.

Bien, el caso es que llevaba más de dos semanas peleándome con las fuentes folclóricas finlandesas —mi amigo se empeña en que son finlandesas no finesas—, y su conceptualización metafísica, cuando llamaron a la puerta a horas intempestivas —las diez y media de la noche, momentos en los que ya suelo estar acostado, leyendo al borde del sueño— y de manera insistente.

Abrí la puerta con cierto temor. A quien menos me podía imaginar se abalanzó sobre mí: Yolanda, la hija de mi vecina, con la mirada desencajada y un recorte de periódico en la mano.

—Don Manuel, mira lo que he encontrado en un periódico, esta mañana en la peluquería.

—¿Pero en la peluquería hay periódicos? —le pregunté perplejo, mientras la dejaba pasar al recibidor.

—Sí, uno de esos de gratis, que reparten en la parada del autobús.

Desplegó el arrugado papel y comenzó a leer:

Los organizadores del concurso de Miss Italia han extremado sus medidas de selección en busca de un modelo de mujer sin artificios ni camuflajes. Por esa razón vetan a las chicas que hayan pasado por el cirujano plástico, usen extensiones en el pelo o lentes de contacto de colores. También se apuesta por la talla 40. Pero ahí no acaba todo, se exige que las aspirantes lean por lo menos un periódico al día para estar informadas y al menos tres libros al año. Concretamente se sugieren clásicos de la talla de Madame Bovary, de Flaubert; Anna Karenina, de León Tolstói, y Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Tampoco se acepta el exhibicionismo: un desnudo en internet de una de las aspirantes le ha costado su descalificación. El concurso se iniciará el 19 de septiembre. La organización española, piensa asumir un procedimiento similar.

A continuación me mostró el artículo que venía acompañado de la foto de la última ganadora, una señorita llamada Francesca Testasecca.

Tal reseña hacía referencia a El Periódico.com, de ahí que le diera visos de veracidad a tal información.

—¿Y ahora qué hago yo, don Manuel? Pensaba presentarme a Miss Madrid, mi madre está convencida de que gano, y yo también, y de ahí saltar a Miss España.

—Pero, vamos a ver, Yolanda: tú eres menor de edad, todavía te faltan dos años para poder competir, digo yo, en ese concurso…

—Sí, lo sé —me interrumpió—, pero si ahora piden esto, igual cuando yo me presente hasta te piden El Quijote.

—Bueno, pues tranquilízate…

—No, don Manuel. Mi madre me ha dicho que me pongas ya la lista de todo lo que debo leerme, y…

En este caso fui yo quien la interrumpió:

—Yolanda, te has fijado que la noticia dice también que no se aceptarán señoritas que hayan pasado por el cirujano plástico.

Menos mal que el texto periodístico me ofrecía una forma suave de referirme al pecho de la hija de mi vecina.

—Anda, mi madre. La hemos cagao.

Salió cabizbaja sin siquiera decirme adiós.

Aunque no se lo crean, yo la entendí.

Me quedé con el recorte de periódico en las manos, volví a leer el apellido de Miss Italia: Testasecca.

"¿Será una broma?, ¿significará realmente lo que yo imagino?" pensé.

En ese momento decidí que, al día siguiente, antes de sumergirme en el Kalevala, escribiría un correo a mi amiga Simona, traductora de la universidad de Florencia, para que me sacara de dudas.

jueves, 1 de septiembre de 2011

En la ciudad blanca

Alain Tanner la llamo la Ciudad Blanca, y, quizá, él, en esa hermosa pélicula, atrapó, como nadie antes, la atmósfera de esta melancólica y pausada capital. A pesar de los centenares de turistas que abarrotan sus calles, que hacen cola para subir al Elevador de Santa Justa o para fotografiarse junto a la estatua de bronce de Fernando Pessoa, en la terraza del Café A Brasileira, la ciudad conserva una atmósfera en la que parecería que el tiempo transcurriera a una velocidad menor, como si el fantasma del autor de El libro del desasosiego en verdad aún recorriera sus calles y pudiera salirnos al encuentro en alguna de las esquinas del Barrio Alto o del Chiado.

En cuanto se abandonan los itinerarios marcados en las guías de turismo, al igual que sucede en Venecia, uno se sumerge en un espacio de silencio, construido por arquitecturas en las que se evidencia el paso del tiempo y un antiguo prestigio urbano, que hoy es casi una reivindicación de lo humilde.

Las sombras, en la penumbra de esas calles, pierden la densidad de las aristas que las propician, para desdibujarse sobre unos mínimos adoquines que brillan desgastados por el sedimento del tiempo o por la luz de la luna.

Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo.
Fernando Pessoa

Vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad.
José Saramago

Curiosidad: el instinto que lleva a algunos a mirar por la cerradura, y a otros a descubrir América.
José María Eça de Queirós

Nadie sabe lo que es la muerte, porque nunca se sabe cómo es la vida.
António Lobo Antunes

Hay personajes de novela que están más vivos que algunos que andan por allí.
José Saramago

El amor es una muestra mortal de la inmortalidad.
Fernando Pessoa

Los hombres son como las obras de arte: hay que saber que no se entiende todo de una sola vez.
Miguel Torga

El cero es la mayor metáfora. El infinito la mayor analogía. La existencia el mayor símbolo.
Fernando Pessoa

viernes, 5 de agosto de 2011

Hasta los huevos

Cuando uno asiste al espectáculo que a diario escenifica nuestra clase política y sus allegados, dan ganas de exiliarse de este país.
No son ya sus asiduas mentiras o razonamientos simples, a lo que, por otro lado, nos tienen acostumbrados, es sobre todo la ausencia de moral —ya sé que no es una palabra de moda— o de una mínima ética, lo que más me llama la atención. Quizá, sigo siendo un ingenuo, y por ello me escandalizo, pero no dejo de pensar en el modelo que ello significa para nuestros adolescentes, aprendices de ciudadanos.
Ya en su momento vimos espectáculos vergonzosos, como el homenaje que se rindió a Jesús Gil tras su muerte; pero escuchar a algunos representantes del partido que con bastante probabilidad va a gobernar este país en unos meses llamar honorable al Sr. Camps, cuando menos sonroja.
Imagino que estos y otros modelos —los que ofrece continuamente Tele 5, por ejemplo— servirán para construir una generación de súbditos, no de ciudadanos, de estúpidos votantes por un día y sumisos consumidores del escaparate racista del progreso neoliberal.
Aquellos versos de Chicho Sánchez Ferlosio siguen teniendo completa vigencia en este Estado llamado de las Autonomías:
… porque estoy hasta los huevos
de estos políticos nuevos
que el viejo Estado rezuma, ¿eh?

martes, 26 de julio de 2011

Réquiem por la bolsa de plástico

Un clásico de la cultura española está a punto de convertirse en historia. En historia o en nostalgia, nunca se sabe. Me estoy refiriendo a la bolsa de plástico.
Desde que en 2009 se aprobó el Plan Nacional Integrado de Residuos (PNIR), que no incluía a políticos en activo, ya nos temíamos lo peor: antes o después la bolsa de plástico desaparecería de nuestro devenir cotidiano, ontológico y, peor, aún, histórico.
¿Dónde van a quedar ahora esas bolsas que en algún momento de nuestra existencia a todos nos acompañaban: UDACO, AhorraMás, LIDL, Mercadona…, y tantos y tantos otros, por no citar al ya desaparecido SEPU (Sociedad Española de Precios Únicos).
No sé si se dan ustedes cuenta de que algunas de las señas de identidad de este país se están perdiendo, y lo peor de todo, los ritos que nos significaban están siendo eliminados o sustituidos por otros que nos son ajenos. Ahí tenemos sin ir más lejos Halloween. ¡Eh! ¿Qué me dicen?
Donde se pusiera un buen Miércoles de Ceniza, que se quiten estas fiestas paganas y extranjeras.
Pues sí, ahora le ha tocado a la bolsa de plástico. Pero es que mañana puede ser Paco Martínez Soria o Torrebruno, el payaso número uno.
Como diría uno de los personajes de "La escopeta nacional": Esto es un sin dios. 
Quizá su dios fuera con mayúscula.
Como dicen las viejas de mi pueblo: "Dios que nos tiene aquí, sabrá pa´que".
Pero no podemos resignarnos. Aunque el fin está próximo —no me refiero a la casi segura victoria del PP en la próximas 
elecciones—, pues siete profecías auguran que será el 22 de diciembre de 2012, debemos reivindicar estas nuestras señas de identidad, entre ellas, la bolsa de plástico.
Quizá Belén Esteban desde Tele 5, o Aznar con un seminario de FAES, no sé si Almunia en una Comisión del Eurogrupo, o Pedro J. en uno de sus editoriales apocalípticos. Todos juntos en unión de la bolsa de plástico como metáfora de una España irrompible.
No me hagan mucho caso hoy. He salido ileso de una "petite mort", con bolsa de plástico incluida, que ensayó conmigo anoche la hija de mi vecina —la que estrena tetas—, y aún estoy un poco noqueado.
Me salva, como en tantas ocasiones, leer un poema de mi amigo Karmelo C. Iribarren, que se titula precisamente "Bolsa de plástico":
 
         Mírala
         ahí
 en mitad de la calle
 sola
 quieta

 temerosa
 de que aparezca el barrendero

 soñando
 con un poco de viento
 para sentirse
 nube

En todo caso, si no disponen del libro, vean "American Beauty", de Sam Mendes.
Algo es algo.

viernes, 15 de julio de 2011

La Prima de Riesgo

Esta mañana me llama alarmado mi amigo Javier, que es economista, y me dice:
—La prima de riesgo está altísima.
—Pero ya lo estaba —le respondo yo.
—Sí, pero no tanto.
—¿No me digas que se ha puesto a crecer ahora? —le contesto en tono irónico.
Guarda unos minutos de silencio, y me espeta en tono casi agresivo:
—¡Pero estás bobo!, ¿o qué?
—No sé de qué me hablas, Javier…
—¡De la prima de riesgo española que está casi en 400 puntos! —me grita.
—Acabáramos. Perdona, compañero, estaba en otra prima. Vale, vale. Si no te importa te llamo yo luego.
Aún bajo las hilachas del sueño, trato de recomponer la alarma de mi amigo, y separarla de mi recuerdo.
Riesgo, Alfredo Riesgo era un amigo común de los veranos en Calella, fiel de aquellas pandillas que nos escapábamos a las calas fuera de la vista de los adultos, y su prima, Estrella, era la chavala con la que todos soñábamos. Yo, creo que no se trataba de una práctica exclusiva, me masturbaba pensando en las tetas de aquella muchacha que se transparentaban a través de la mínima tela de los bikinis que su madre, costurera, le cosía con los retales de los vestidos que confeccionaba. Recuerdo especialmente uno blanco con lunares verdes, casi idéntico al que el otro día mi vecina Loli me enseñaba en una foto de su hija, a los pocos días de salir de la clínica, mientras me comentaba orgullosa:
—Es el regalo que le habíamos prometido si aprobaba la ESO: unas tetas nuevas. Mi Manolo no quería, pero yo le dije a la Yoli, "no te preocupes, hija, que ya le convenzo yo". Son iguales a las de una de esas…, no me acuerdo ahora cómo se llama, que sale por las mañanas en Tele 5. Cuando se las veo, pienso que ya me hubiera gustado a mí tener unas así.
"Qué necesidad", pensé yo entonces, y ahora, mientras ojeo el periódico y apuro el segundo café de la mañana, con intención de ingresar definitivamente en la vigilia.
Y me tropiezo con una foto en la que el ciudadano Borbón, como le llama uno de ERC, con muletas, Zapatero y Blanco. Los tres riéndose. Quizá los tres también estén recordando a alguna prima de uno de ellos, y sus peripecias onanistas. Me viene inevitablemente a la cabeza aquellos versos de Quintín Cabrera: De qué se ríe señor ministro, usted es el palo mayor de un barco que se va a pique.
No sé si, a pesar de los cafés, volverme a la cama, y recuperar el hilo de ese sueño interrumpindo en el momento en el que introducía en un cajero, por cierto no de la entidad por la que cobro la nómina, la tarjeta de fichar en la empresa, y en la pantalla salía una golondrina que me proponía la compra, con enorme descuento, de una sesión especial de Los Miserables, de Víctor Hugo, representada por políticos: José Bono hace de Monseñor Myrie, los Thenardier son Dolores de Cospedal y Francisco Camps, Jean Valjean es Tomás Gómez. No recuerdo el resto del reparto, aunque sí sé que con los fondos que se recaudasen, iban a comprar acciones de Bankia, dada su inminente salida a bolsa, y, con los beneficios que se obtuvieran, proponer la canonización de Ana Botella, con vistas a hacerla patrona de la literatura infantil.


En ese momento, un guardia de seguridad del banco, con la educación que les caracteriza, me conminó:
—¿Va a sacar las entradas de una puta vez?
Con cara de sueño, como no podía ser de otro modo, yo le pregunté:
—¿Las entradas de qué?
—De qué coño va a ser, de la final del Madrid.
En ese instante me desperté, en defensa propia.
"¡Vaya día!", pensé, "que me espera".
Así, de golpe, se me viene todo encima:
Semprún muerto.
La Academia de la Historia publica una biografía sobre Franco, cuyo Presidente dice no haber leído, y la Ministra de Cultura desconocer, como tantas cosas.
Juan Farias se fue a navegar.
Berlusconi se compra otro fular, mientras Italia se desmorona y con ella Europa.
El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein aún sin reseñar.
Telemadrid reescribe de manera mentirosa el asesinato de Calvo Sotelo.
La clase política cuando no rebuzna, bosteza, mientras los pocos de siempre viven a costa de esa mayoría de la que formo parte.
Pero no se fíen de mí. Quizá, si hago esta crónica es porque en el fondo me da envidia no ser como ellos.